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¡APAGA LA TELE Y VIVE!

Hace muchos años, cuando yo era apenas un niño, escuché a mi madre decir varias veces el siguiente proverbio: “Un hombre está totalmente realizado en la vida cuando siembra un árbol, tiene un hijo y escribe un libro.” No sé de dónde lo sacó o lo leyó o de quién lo aprendió, pero la verdad es que siempre lo decía. Para ella era como una especie de paradigma del éxito personal. “¡Si consigues hacer y tener esas tres cosas, listo! ¡Está hecho! ¡Triunfaste en la vida!” Repito, quizás lo leyó en alguna parte y le gustó tanto que lo compartía con nosotros, sus hijos y vecinos. Para mí fueron tan atrayentes esas tres acciones y su resultado que siempre estuvieron rondando en mi cabeza.

Cuando yo tenía alrededor de doce años sembré un cocotero. Honestamente no lo hice por el consabido proverbio de mi madre, no, lo hice porque me gustaba muchísimo el agua y comer su tierna carne blanca. En una ocasión habíamos estado de paseo con amigos por el oriente de Venezuela y en una playa, adornada por cientos de espigadas palmeras, encontré un coco que empezaba a germinar. Tenía una frágil e incipiente raíz que buscaba tierra abonada. Me lo llevé a Caracas y lo planté en el patio trasero de mi casa. Años más tarde teníamos una muy alta y generosa palmera tropical que daba unos cocos muy ricos. ¡Entonces recordé el proverbio de mi madre! ¡Bien! me dije. “¡Ya cumplí con el primero!”.

Con el segundo requisito ya se complicaba el tema: tener un hijo. Tenía catorce años y pensaba en mi logro del árbol, pero convertirme en papá obviamente era una cosa impensable. Ya tendría tiempo para cumplir con ese si es que quería ser un hombre realizado, según mi madre. Así que me conformé con haber realizado el paso uno. Sabía que algún día, por ley de vida me casaría y tendría descendencia. Casi 24 años más tarde nació mi primer hijo, Jorge Ignacio, el 23 de octubre de 1989, y después, el 21 de abril de 1995 nació mi adorada hija Victoria María. Ambos me hacen sentir un padre profundamente orgulloso. Hoy ambos están en el mismo sendero del cine y la televisión.

Mi vida ha cambiado sustancialmente en estos últimos tiempos. Mi carrera como director de televisión por más de doce mil días, que, gracias a Dios y a algunos angelitos terrenales, ha sido bastante exitosa. Mi profesión me ha permitido la bendición de haber viajado y trabajado en lo que he amado hacer en tres diferentes continentes. He conocido y he compartido con muchas personas maravillosas, muy talentosas en esta área de la dirección de telenovelas, miniseries, TV movies, entre otras.

Todos estos proyectos que realicé, en su mayoría exitosos han trabajado en mi ser, han moldeado mi carácter, mi talante ante la vida y las circunstancias que a mí y a mi familia nos ha tocado vivir. Las experiencias personales, las historias y anécdotas que aquí narraré tienen que ver con mi actividad como profesional de la televisión en el área de la ficción, léase telenovelas, y que a partir de 2014 se vio afectada por los continuos vaivenes de la industria en esta nueva era en la economía, las nuevas tendencias y los cambios en los gustos de la audiencia.

Esto ha moldeado sensiblemente mi nueva forma de pensar, ver y entender las razones por las cuales sufrimos estos temas financieros. Por otro lado, me alarma la incomprensión de muchas personas que conozco, que creen que vivimos en la actualidad una crisis económica y no en un cambio de era, como en realidad sucede. Muchos esperan que regresen los tiempos mejores. Esa mayoría que se queja de la crisis y que siempre está en modo de supervivencia, debe entender la necesidad de reinventarse a sí mismos.

Eso y otros temas similares quiero tocar en este libro desde mi perspectiva como artista de la imagen y con una edad cercana, muy cercana, al retiro obligado.


Así fue como el sueño de cumplir con el tercer requisito que mi madre solía decir volvió a estar entre mis prioridades: Escribir un libro. Se dice fácil, pero no lo es. Escribir un libro son palabras mayores, como diría ella. Esa expresión popular que he escuchado muchas veces parece advertirnos que por ahí no debemos meternos. ¿Cierto? Tenemos el paradigma que escribir un libro es una actividad propia y reservada para los intelectuales, artistas, científicos, grandes deportistas, excelentes políticos y uno que otro audaz.

Pero los tiempos han cambiado. Lo cierto es que la era digital y todo lo que trajo consigo ha democratizado muchos espacios que antes eran de difícil acceso a las masas. De forma contundente y casi de un día para otro, se han creado plataformas en internet que derriban ese paradigma de “palabras mayores”, es decir, que el proceso de escribir un libro sea una realidad factible para todo el que lo desea.

Saldado el obstáculo, pienso que ahora lo único que nos puede frenar se llama miedo. En este caso, a exponernos, desnudarnos frente a una posible multitud de lectores. Lamentablemente el miedo siempre estará allí y la mayoría de las veces aparece en forma de vocecita interior escudándose en nuestras debilidades, no en nuestras fortalezas. Nos susurra al oído todas nuestras limitaciones, nos habla con tanta y absoluta fuerza que nos empuja y obliga a procrastinar, a acomodarnos en nuestra poltrona favorita, nuestra zona de confort.

Procrastinar* es otro enemigo difícil de vencer, pero no imposible. En este mundo digital que nos ha tocado vivir, la procrastinación es casi un deporte colectivo. Tenemos muchos distractores al alcance de la mano: teléfonos inteligentes, tabletas, computadoras, redes sociales, plataformas de TV, entre otras, que limitan nuestra capacidad de enfoque, y lo más preocupante * Procrastinar: posponer o aplazar tareas, deberes y responsabilidades por otras actividades que nos resultan más gratificantes pero que son irrelevantes. ¡es que frenan nuestra capacidad para crear.

Así que dedicarse a escribir un libro no escapa a ello. El miedo y la intención de aplazar esa idea nos acompañan. Está con nosotros, latente en todo momento. Lo importante es dominarlos y educarlos a través de la acción. Y eso es lo que he hecho con ayuda de un amigo y autor bestseller de varios libros sobre crecimiento personal, Marc Reklau.

Debo decir que este joven alemán con un gran espíritu latino ha logrado en mí, no solo vencer el miedo a exponerme en este libro, contar mi experiencia de vida y de éxito obtenido en lo profesional y personal, sino también entender que mi relato puede ayudar y motivar a muchas personas que están en la misma circunstancia que yo hace algunos años, a enseñarles que hay luz al final del túnel.

Desde la premisa que todos tenemos una gran historia de vida qué contar y que puede impactar de forma positiva a un número importante de personas, Marc me ha convencido que yo debo contar esta historia de transición de vida, cambio de piel, en camino a lograr la prosperidad y felicidad que al final todos ansiamos y merecemos, mucho más cuando hemos trabajado duro y honradamente por nuestras familias.


Es así que ahora me dispongo a cumplirle a mi madre con lo que para ella era el paradigma de la realización de todo ser humano, y decirle: ¡Mamá!, sembré el árbol, tuve dos hermosos hijos, Jorge y Victoria y escribí este libro con mucho amor, entrega, pasión, esperando que pueda impactar y ayudar a muchas personas.






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